Mostrando entradas con la etiqueta Anagrama. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anagrama. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de marzo de 2015

Una cortita: Hablando del asunto, de Julian Barnes

Después de picotear por aquí y por allá, volví por un rato a la bendita trilogía inglesa, como me gusta llamarlos. Ellos son MacEwan, Barnes y Amis. A este último no le tengo tanto aprecio pero lo mantengo en el trío porque recuerdo mejor las cosas de a tres. Sí, tengo problemitas.
Hablando del asunto, una mirada
ácida y divertida sobre el amor.
De todos los libros que tengo de Barnes, elegí esta vez Hablando del asunto (1991), una novela coral en la que se desarrolla la historia de un trío amoroso. O dos dúos, para ser más exactos. Un entrevistador anónimo va recogiendo los testimonios de Stuart, Oliver y Gill. Los dos primeros son amigos desde la escuela primaria. La tercera se casa con el primero. El segundo queda rengo, empieza a mirar con cariño a la novia del amigo... y 1 + 1 son 2, pero 2 + 1 muchas veces también es 2.
Lo interesante de la novela es, por supuesto, el modo en que se va construyendo la historia desde estos tres puntos de vista (más algunos testigos secundarios que suman detalles que los protagonistas no podrían). Como siempre, Barnes se luce con un sentido del humor por momentos despiadado, por momentos tierno y comprensivo.
No apta para celosos, paranoicos y engañados. Sí apta para el que quiera divertirse un rato y pensar, de paso, en las vueltas de la vida y esa cosita loca y esquiva y caprichosa llamada amor.  

viernes, 27 de febrero de 2015

Duplete de Auster: Diario de invierno y La invención de la soledad

Paul Auster de joven. Rico chico.
Hace unos cuantos años leí por primera vez a Paul Auster, bien lejos de la academia y bien cerca de las lecturas placenteras. No recuerdo bien qué libro fue, pero su tono leve, claro y austero me conquistaron. La Trilogía de Nueva York (1991), por ejemplo, consta de 2 historias muy interesantes que toman las clásicas novelas negras de detectives y le dan una vuelta de tuerca, y una tercera que trata sobre una búsqueda personal que surge a partir de la desaparición de un amigo del narrador. El cuento de Navidad de Auggie Wren es una maravilla de la literatura de lo pequeño, lo cotidiano, lo azaroso. Es breve y muy lindo, corran ya mismo a buscarlo y leerlo.

Pues bien, el año pasado dediqué unas cuantas semanas a algunas de sus obras más autobiográficas, por decirlo de algún modo (hay que sospechar de la autobiografía como de los perfiles de Facebook): Diario de invierno (2012) y La invención de la soledad (1982).  

En la primera, Auster repasa algunos hitos, para él, de su vida, empezando por las niñez, pasando por la adolescencia (tiene el buen tino de seguir un orden cronológico y no marear al lector), su juventud y el derrotero por el mundo a bordo de un barco, su estadía en París, los amores, la poesía. Etcétera.
Uno de los puntos más atractivos del relato es que está narrado en segunda persona. En lugar de narrar en primera, lo que es más lógico para una autobiografía, Auster cambia las reglas y narra en segunda, como si se hablara a sí mismo. Esto genera una leve sensación de identificación entre el narrador y el lector, porque pareciera que está apelando al lector todo el tiempo. Claro que esto es una ilusión, pero no es azarosa. Auster sabe muy bien lo que hace, juega con el género, se divierte con el lector. En el fondo, queda la idea de que él mismo es el otro, y entonces se recuerda lo que vivió, como si temiera algún día olvidarlo.

La invención de la soledad está dividida en dos partes: en la primera, mientras desarma la casa de su padre, Auster va revisando su historia familiar y descubre, a modo de detective genealógico, un secreto que posiblemente explique la forma de ser de su progenitor, tan esquiva, solitaria, inaccesible para él. Un párrafo basta para mostrar la frustración de Auster hijo:


“Solitario, pero no en el sentido de estar solo. No solitario como Thoreau, por ejemplo, que se exiliaba en sí mismo para descubrir quién era; ni solitario como Jonás, que rogaba por su salvación en el vientre de la ballena. Soledad como forma de retirada, para no tener que enfrentarse a sí mismo, para que nadie más lo descubriera.”

Aquí hago un paréntesis autobiográfico, para ser coherente con el género que comento: esta parte del libro me recordó a aquel abril de 2012, cuando tuve que desarmar la casa de mi mamá y, titánicamente, meterla en la mía. Rescato en particular la tarde en que empecé a revisar una caja de papeles y descubrí decenas de cartas que mi mamá había guardado. No eran sorpresa para mí, ya las había visto varias veces, pero nunca les había prestado real atención. Ahora, sin mi mamá en el mundo de los vivos, esas cartas eran un testimonio tangible de su paso por el mundo. Eran cartas de amigos, de parientes, de novios de su juventud, cartas que me conectaron con una Marta que conocía a través de sus historias nostálgicas, pero que en esas misivas se me aparecía más real, con una historia de vida propia, externa y anterior a mí. Alguien que no era solamente mamá. 

Pero volviendo a Auster: en la segunda parte, llamada "El libro de la memoria", Auster realiza un trabajo un poco más metaliterario, quizás un tanto monótono para el lector de a pie, ese que quiere que lo entretengan (como yo, a veces). Esta parte no me gustó tanto como la otra, así que si dejan de leer más o menos a las 10 páginas estamos en el mismo club.

En síntesis: Auster es un autor para conocer, recorrer, disfrutar. Si se cruzan con cualquiera de sus novelas, háganme caso y léanla.

miércoles, 28 de enero de 2015

Seguimos con Amélie: Ni de Adán no de Eva o amor a la japonesa

Ni de Eva ni de Adán,
editorial Anagrama, 2007.
 
Buscando material para redactar la entrada anterior me crucé con un comentario sobre la obra de Nothomb que me pareció un poco injusto: afirmaba que lo más interesante son sus obras autobiográficas, que su ficción no es tan buena, por lo tanto, ¿qué va a hacer cuando se quede sin recuerdos?
Más allá de la inocencia de pensar que lo autobiográfico no es ficción, no apoyo en absoluto esta idea, porque he leído de ambos tipos y me parecieron muy buenos los dos.

Ahora bien, la ventaja de los relatos autobiográficos es que tienen ese ingrediente que seduce tanto a los voyeuristas: la posibilidad de espiar vidas ajenas (¡y con permiso!). Lo interesante en el caso de Nothomb es que desde pequeña vivió en lugares exóticos, tuvo experiencias locas y tiene una gran habilidad para contar todo eso desde un punto de vista juguetón, descontracturado; hiperbólico cuando se trata de ella, despiadado cuando se trata de otros. 

Kenichi Matsuyama, actor japonés 
que está requelindo.
En Ni de Eva ni de Adán Nothomb relata la historia de amor que vivió con el primer alumno de Francés que tuvo al regresar a Japón. Obviamente se produce un choque magnético entre dos civilizaciones: resultan mutuamente irresistibles. ¿Y quién no se enamoraría de un japonés lánguido y circunspecto, hijo de un joyero millonario, siempre apesadumbrado por la imposibilidad de cumplir con las expectativas paternas?
¡Es el epítome de lo diferente!
Mucho no lo describe físicamente, pero yo me lo imagino como el actor de la versión fílmica de Norwegian wood (Tokio´s blues), la novela de Haruki Murakami (que algún día comentar, porque es uno de mis autores no canónicos favoritos). 
Basta un ejemplo del modo en que Nothomb trabaja con los materiales que le brinda su novio japonés para darse cuenta de que "lo otro" está envuelto, indefectiblemente, en un halo de misterio y lugares comunes:


"A veces sonaba el teléfono. Él descolgaba a la japonesa, o sea diciendo tan pocas cosas que resultaba sospechoso. Las conversaciones duraban diez segundos como máximo. Todavía no conocía esa costumbre nipona y de nuevo pensé que pertenecía a la Yakusa, como su inmaculado Mercedes me llevaba a suponer. Salía de compras en coche y regresaba dos horas más tarde con tres raíces de jengibre. Probablemente, aquellas compras eran la tapadera para un golpe. De hecho, gracias a su hermana, seguro que tenía vínculos con la mafia californiana."

¿Es  japonés? ¿Es rico? ¿Habla poco? Listo, es yakusa.
El humor con que ella intenta comprender a su novio es el hilo conductor que salva la relación de la incomprensión más burda y la convierte en una aventura.

Resumiendo que se nos viene la noche: Ni de Eva ni de Adán es una historia de amor deliciosa, contada por una autora muy entretenida, que no se toma muy en serio nada, lo que le permite reírse hasta de ella misma. Tiene los condimentos exactos para ser un libro macanudo: buena historia, cortita y al pie, nada pretenciosa y muy divertida.

Le doy nueve Caiolos.

viernes, 23 de enero de 2015

La otra Amélie: comentario de algunas obras de Amélie Nothomb

Edición de la colección que sacó en 2010
Página 12 junto con Anagrama.
Comencé a leer a Amélie Nothomb por comodidad y pragmatismo: necesitaba leer algo corto y elegí su novela Cosmética del enemigo, de la colección de Página 12 que estábamos comprando hace unos años y había quedado a mano en la biblioteca. Y resultó ser un librito atrapante y retorcido: dos hombres se cruzan en un aeropuerto y comienzan a conversar. A medida que avanza la novela la cosa se empieza a poner rara, pesada, y uno de ellos descubre que el otro no es quien aparenta ser.
Como esa primera experiencia de lectura fue más que interesante, comencé a buscar otros libros de esta autora belga, a interesarme en su historia. Y así fue como me enteré de que nació en Japón (su
padre era diplomático y estaba trabajando en ese país) y luego vivió en muchos otros lugares, antes de establecer su residencia en Francia, donde vive actualmente.

Desde el principio, Nothomb me hizo acordar mucho a un escritor argentino con quien no tuve un comienzo tan idílico (cuando La guerra de los gimnasios me sentí estafada), pero con el paso de sus novelas terminó por conquistarme totalmente: César Aira. ¿En qué se parecen? En dos puntos fundamentales: ambos son escritores muy prolíficos (ella dice que escribe 3 novelas por año, pero publica solo 1; él ya tiene publicadas más de 60 novelas cortas) y en sus textos hay una clara tendencia hacia lo absurdo, lo ridículo, lo bizarro. En mucho de los textos de Aira y en casi todos de los que leí de Nothomb hay un punto de inflexión a partir del cual la novela deschaveta y cualquier cosa puede pasar. Hace mucho tiempo alguien (no recuerdo quién, pero quisiera para poder citarlo apropiadamente) dijo que la computadora de Aira tiene el botón de "bizarrear". En un momento dado del proceso de escritura Aira lo aprieta y ahí es cuando aparecen los enanos, los monjatrones y demás delicias de la literatura airiana.


Sí, la de la tapa es la mismísima Amélie.
Pero yo estaba escribiendo sobre Amélie, así que a ella vuelvo: después de Cosmética del enemigo (2001), leí Una forma de vida (2012). En esta novelita, un soldado norteamericano que está en Irak le escribe a una escritora llamada Amélie Nothomb y le cuenta que sufre una extraña enfermedad que aqueja a los soldados en la guerra pero de la que nadie puede hablar. Que el personaje se llame igual que la autora, que haya publicado las mismas novelas, que viva en el mismo lugar, etc, no significa que el relato sea autobiográfico. De hecho no lo es, se trata de un recurso narrativo bastante usado que genera un ruido constante, como una especie de duda que se instala en el lector (¿es o no es?). 
La novela está formada por las cartas que se mandan el uno a la otra y las reflexiones de la escritora Amélie. Lo interesante de la historia es cómo él, el soldado norteamericano, la va enredando a ella, la escritora famosa y superada, hasta el final, inesperado y sorprendente. 

Hace unos meses leí dos novelas autobiográficas: Metafísica de los tubos (2000) y Biografía del hambre (2004). En estas historias lo que cuenta sí es verídico, claro que elaborado por medio de la literatura. En la primera novela comienza con sus primeros años de vida en Japón, donde la cuidaba una nana japonesa que la trataba como un dios viviente (parece que allá los niños son considerados casi sagrados hasta los 3 años, después pasan a ser esclavos del sistema educativo y pierden ese estatus). Las reflexiones de la Amélie bebé son buenísimas: era un bebé tan tranquilo que sus padres la llamaban "La planta", porque no hacía nada de nada. Ella se define como un tubo por el que entran cosas y salen otras. El punto de inflexión, el despertar a la vida, es el momento en que su abuela belga que estaba de visita, a escondidas le da chocolate. 
De su vida idílica y maravillosa en Kobe pasa a una existencia mucho más austera en China, para luego saltar a la buena vida de Nueva York, de ahí a la tristeza y el encierro contra la pobreza de Bangladesh... y todo esto antes de cumplir los 15 años. 
La autora tiene tal poder de observación sobre sí misma que logra objetivarse y convertirse en materia literaria de un modo fantástico. Poco importa si todo eso realmente pasó: ella lo vivió así, lo elaboró como pudo y luego lo convirtió en un texto entretenido, plagado de un humor irónico y, por momento, cínico.


De nuevo la autora en la tapa.
¿Narcisismo o marketing editorial?
Biografía del hambre relata los años en los que padeció anorexia pero desde un punto de vista casi filosófico: plantea que nació con un hambre feroz, hambre de todo, de vida, de conocimiento y, por supuesto, de comida. Ese hambre por todo pronto se revela autodestructivo y, como modo de luchar contra eso, la protagonista se niega a comer. 
Esta novela también está buena, aunque no me convenció mucho el modo en que "se cura". Parece en todo tan autosuficiente que termina siendo poco creíble. Pero de nuevo, es literatura, nada más (y nada menos) que eso.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El maniático en la cocina

El perfeccionista en la cocina,
Julian Barnes. Anagrama, 2003.
A Barnes lo empecé a leer hace un tiempo, cuando Página 12 sacó una colección con libros de Anagrama. Lo primero que leí de él fue El loro de Flaubert, una especie de biografía de Flaubert a través de la búsqueda de su supuesto loro disecado (este es el vago recuerdo que tengo, puede que no sea tan así).
Esta vez me devoré en un par de días El perfeccionista en la cocina, una suerte de diario o cuaderno de notas en el que Barnes repasa algunas de sus más férreas manías en la cocina. Desde cuáles son sus libros de cocina favoritos, pasando por la historia de la remolacha en Inglaterra hasta cuántos utensilios acumula en el cajón de cachivaches, este libro es ideal para los amantes de la cocina y los cocineros amateurs (la traducción gallega de Anagrama dice "cocinero casero", expresión que me parece una aberración, pero esloquehay). Y los editores de libros de cocina, como yo ahora.

Barnes usa un tono muy ameno, llano y lleno de ironías y buen humor para hacer este recorrido, lo que uno como lector agradece mucho, porque a priori no parece interesante qué opina el autor sobre cuál es la mejor técnica de cocción lenta, pero sí lo es, porque Barnes no solo sabe mucho de cocina, también sabe mucho de literatura y de escribir bien.

Pero lo que más me gustó de este libro es su meticuloso análisis de las recetas de cocina como un género que tiene no pocos vericuetos, algo que he ido descubriendo durante estos años de corregir, editar y escribir recetas. Para Barnes, una receta de cocina debe estar a la altura de los más estrictos parámetros de la ciencia, porque el perfeccionista quieren nada más y nada menos que perfección. Entonces...

¿por que un libro de cocina iba a ser menos preciso que un manual de cirugía? (Suponiendo, como hacemos todos con angustia, que los manuales de cirugía, en efecto, sean precisos. Quizá algunos suenen igual que los de cocina: «Vierta una gota de anestésico por el tubo, corte un trozo del paciente, observe la efusión de sangre, tómese una cerveza con los amigotes, cosa la cavidad...») ¿Por qué una palabra en una receta tendría que ser menos importante que en una novela? Una puede producir una indigestión física, la otra una mental.

(¡Viene ilustrado!).
Y para mí, que además de editar libros de cocina, disfruto comiendo, cocinando y pensando en comida (todo el bendito tiempo), este es un concepto iluminador, porque tiene toda la razón mister Barnes: una receta mal redactada o mal explicada puede generar un desastre en la cocina, desilusionar a medio mundo, frustrarlo y empujarlo al delivery más siniestro del barrio. Pienso ahora en mi pobre prima quejándose de que hizo brownies y no le salieron como los míos. ¡¿Y cómo no le van a salir como un bizcochuelo si los hizo con la misma cantidad de harina que un bizcochuelo?! Por suerte, me prima (como yo) es parte de un orgulloso linaje de mujeres cocineras, así que agarró los brownies desmadrados, los destrozó (con rabia, quizás) y los convirtió en unas muy ricas trufas (según ella, porque yo no vi ni las migas).

Esto es lo que hace el Perfeccionista en la cocina: lee una receta, la imagina, la saborea en palabras y luego, si tiene los ingredientes a mano y las ganas y el tiempo, la convierte en alimento, en delicia, en brownie denso, húmedo, chocolatoso.

Y ahora me dieron ganas de algo dulce...

jueves, 18 de septiembre de 2014

McEwaname que me gusta

Sábado, Ian McEwan.
Anagrama, 2005.
Algunos recordarán que hace tiempo recomendé fervorosamente "Expiación", la novela de Ian McEwan. Hoy, cuando todavía me faltan unas cuantas páginas para terminarla, quiero sumarle otro poroto a este escritor inglés y comentar "Sábado".
Si bien me defraudó un poquito en "Operación dulce" (no fue tan potente y movilizante como "Expiación"), no puedo dejar de reconocer que McEwan es un novelista fenomenal, que atrapa en sus historias y construye personajes tan verosímiles e imperfectos que parecen reales.
Pero creo que lo que más me atrae de este autor es la promesa de quilombo: uno debe saber que cuando lee una novela de McEwan en algún momento todo se va a ir al carajo. Y lo espera. Lo desea. Quiere saber cómo va a suceder, cuándo, a quién. ¿Será en la página siguiente? ¿Se armará la trifulca con este personaje que pinta para loquito? No, seguro que se pudre todo con la mujer...
Porque lo de McEwan es un trabajo de hormiga lento pero eficaz. Va construyendo una trama en la que todo parece perfecto, correcto, normal. Pero a la vuelta de la página nos revela que del otro lado de esta trama, donde se suelen ocultar los nuditos del tejido, hay una maraña de podredumbre, miserias y horror. Y eso es lo que yo, como lectora en camino a fanatizarme, quiero ver. Y quiero leer cómo lo resuelve, cómo se va todo lenta pero indefectiblemente al carajo. Y cómo, escapando al facilismo y el final feliz tan reconfortante, resuelve esa maraña que nos muestra en el otro lado del tapiz.
Pues en este momento estoy frente a esa maraña, todo está ocurriendo, se que van a pasar cosas terribles y quiero leerlas. Porque soy una lectora masoquista (a diferencia de lo maricona que soy con las películas) y me gusta cuando McEwan me castiga y no me defrauda.



El texto anterior también es una entrada de FB, previa a la creación de este blog. A esta altura ya terminé de leer la novela y debo admitir que la "promesa de quilombo" fue relativamente cumplida. Quilombo hay, pero no tanto como yo esperaba. Parece que estoy elevando mis estándares de maltrato literario y necesito lecturas más duras. Tengo en la gatera una cuantas novelas de A. M. Homes, una escritora estadounidense que ya tiene muchas novelas publicadas y se reconoce por sus temas densos, difíciles, escabrosos. Habrá que ponerse el traje de cuero y animarse...


Sinopsis de la novela:

Henry Perowne es un hombre feliz. Es un reconocido neurocirujano y está casado con Rosalind, una abogada de un importante periódico. Ambos disfrutan su trabajo, se quieren y quieren a sus hijos, un prometedor músico y una joven poeta. Es sábado, 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta, va hacia la ventana de su dor-mitorio y ve un avión en llamas que sobrevuela Londres muy bajo. Henry teme un accidente terrible, un ataque terrorista. Más tarde, escuchando la radio, sabrá que se trata de un aterrizaje forzoso. Y Henry volverá a dormir, y hará el amor con su mujer, y se irá luego a su partida de squash semanal. Pero la visión nocturna no ha sido sino el presagio de la realidad azarosa que irrumpirá en la plácida burbuja de su vida tan armoniosa... 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

La primera recomendación

Allá por febrero de 2013, después de leer Expiación, de Ian McEwan, me sentí invadida por tal felicidad y plenitud lectora, que quise compartirlo con mis contactos de Facebook.
En aquel momento, salió este texto:


Expiación, de Ian McEwan.
Anagrama, 2001.
"Creo que existen pocas experiencias estéticas más profundas, envolventes y maravillosas que la de leer una buena novela. Una excelente novela. Una novela tan bien escrita que no podés dejar de leerla. No querés, no te importa parar para comer, para ir al baño o para salir a pasear. 
Una novela tan bien desarrollada, de un ritmo tan atrapante, con temas lejanos, como la guerra, y cercanos, como el amor o la culpa, que es imposible que no te llegue.
Una novela tan entretenida y profunda que te preguntas por qué perdiste tanto tiempo leyendo pavadas, cuando podrías haberla disfrutado hace mucho tiempo. Tan buena, insisto, que te preguntas cómo es que ningunos de tus amigos o conocidos te la recomendaron antes. Tan pero tan excelente, que querés recomendársela a todo el mundo.
Tan hermosa, que desearías no haberla leído... para poder empezar ya a hacerlo.
Eso me pasó en estos últimos tres días con Expiación, de Ian McEwan."


Así empezó, sin darme cuenta, este blog.

Aquí agrego la sinopsis de la novela:

La historia es relatada en Inglaterra, en 1935, en el periodo previo a la Segunda Guerra Mundial. En la gran casa de campo de la familia Tallis todo parece fluir con apacible elegancia en el día más caluroso del verano. Pero el oído atento percibirá sutiles notas disonantes, una creciente tensión que estallará después de que Cecilia, la hija mayor de los Tallis, salga empapada de una fuente, vestida solamente con su ropa interior, mientras Robbie, el brillante hijo de la criada y protegido de la familia Tallis, la contempla... Un libro prodigioso, que va abriéndose como un juego de cajas chinas y que contiene muchas novelas: una romántica historia de amor imposible, una durísima narración de guerra y la novela que dentro de la novela escribe uno de los personajes.

Sobre el autor:

Ian McEwan es un escritor británico nacido en Inglaterra en 1948. Forma, junto con Martin Amis y Julian Barnes, lo que llamo para mí "esos tres ingleses que me gustan". Los mantengo así, en trío, para recordar sus nombres y formar, de algún modo, un mapa de la literatura inglesa actual en mi cabeza. 
Su primer libro publicado fue Primer amor, últimos ritos (1975) y el último, The children act (2014), que todavía no salió en español. La novela que aquí reseño fue llevada al cine en 2007 y los protagonistas son Kiera Knightley y James McAvoy.